Cuando Freud hace alusión a la horda primitiva, refiere a la muerte del padre por parte de los hijos. Un instante mítico en el que el hombre instala la ley y así también las bases de la cultura.
Efectivamente, los hijos matan al padre tirano que accedía a todas las mujeres de la aldea impidiendo a los hijos hacerlo; un padre que imponía su voluntad a sus hijos sometiéndolos a su arbitrio, sin atenerse él mismo a ninguna ley que limitara sus acciones. Una vez muerto el padre y como herencia de ese acto, los hijos se juramentan atenerse a una ley que nace en ese momento y que, por supuesto, el padre no tenía. Una ley que consiste esencialmente en no acceder a las mujeres de la tribu (incesto) y no cometer el crimen perpetrado (parricidio), instalándose así las dos potentes prohibiciones que fundan la civilización y la cultura.
Es este hecho de la instauración de una ley válida para todos, lo que da origen a la civilización y a la cultura en tanto limitantes de los aspectos más animales del ser humano. Efectivamente, de no existir este pacto inicial, no existiría ni la ley, ni la cultura, ni la civilización y viviríamos bajo el imperio de la animalidad y el dominio del más fuerte.
Pero si observamos el mundo hoy, pareciera que vivimos bajo esos parámetros pre civilizatorios. Vivimos en un constante estado de excepción -al decir de Giorgio Agamben- en el que las garantías, los derechos y las prohibiciones están suspendidas. Así un Estado mata a niños en Palestina, otro desobedece leyes para proteger a los más vulnerables sancionadas en su mismo seno, otro interviene descaradamente en la economía de otro país y bombardea embarcaciones civiles con la excusa de la guerra contra el narcotráfico; y así no dejamos de constatar una regresión a esa etapa pre civilizatoria cuando la ley no existía y todo se regulaba por la imposición de la voluntad del más fuerte.
Estamos involucionando a una especie de pre civilización y el mundo, con su cada vez más minúscula clase dominante y su cada vez más numerosa clase dominada, no para de parecerse a Cronos (Saturno para los romanos) ese dios tirano de la mitología griega que se comía a sus propios hijos.
Hoy son algunos Estados y una clase tecnócrata dominante propietaria de esos Estados -al decir de Yanis Varoufakis- quienes se devoran a los vulnerables, llevando al mundo a una etapa primigenia en la que no existían derechos sino solo la ley del más fuerte y la subordinación del más débil.
La novedad más inquietante quizás sea que a esa involución se la llame “libertad”.
S.R.
Ilustración: “Saturno devorando a su hijo”, obra de Francisco de Goya (1820-1823)

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