Nick Land es uno de los filósofos del movimiento “neorreaccionario”, corriente filosófica que se expande por el mundo proponiendo una forma de gobierno que prescinde de la democracia y no contempla la idea de ciudadanía, tal como hoy la conocemos.
En su libro “La ilustración oscura” presenta sucesivos ensayo e introduce una idea central: la democracia es nociva.
Así Land cita a Peter Thiel quien, ya en 2009 en un debate celebrado en Cato Unbound entre pensadores libertarios que mostraron su “desilusión con la dirección y posibilidades de la política democrática”, habría dicho, “ya no creo que la democracia y la libertad sean compatibles”. Por fuerte que parezca, esa es la columna vertebral de ese movimiento.
Land se llama a sí mismo y a quienes profesan estas ideas, “neorreaccionarios”. Para los neorreaccionarios la democracia es un sistema de “compra de votos”. Ganar elecciones es para ellos “comprar votos” y el electorado es susceptible de soborno, basta con que un político mejore la vida del electorado para que este lo vote. Por eso, dice Land, “un político ahorrador es (dentro de la democracia) un político incompetente”. La idea de “político ahorrador” en este sistema de pensamiento es la del político que no destina dinero del Estado a mejorar la calidad de vida de la población. Dice Land esta idea del fracaso del “politico ahorrador” en la democracia es “una realidad que la izquierda aplaude, que la derecha del establishment acepta de mala gana y que la derecha libertaria ha combatido ineficazmente”.
La ilustración oscura se contrapone a la ilustración progresista porque “donde esta ve ideales, la ilustración oscura ve apetitos”. La antropología de este movimiento es profundamente hobbsiana, en tanto para ellos “el hombre es el lobo del hombre” y con esa convicción arraigada operan, piensan y viven. Bajo esta antropología, la desconfianza, el odio y el individualismo reinan por sobre cualquier sentimiento de amor, solidaridad y empresa colectiva. En este sentido, para los neorreaccionarios, el “apetito” es el único móvil que orienta a quienes se ocupan de lo público en un gobierno elegido democráticamente.
De allí que diga Land, citando a Mencius Moldbug que, “si el Estado no puede ser eliminado, al menos debe ser curado de la democracia”. Para eso Moldbug propone el “neocameralismo” o sea, considerar que un Estado es una empresa que posee un país. Los clientes de esta empresa son sus residentes. El objetivo de este sistema de gobierno es desplazar a lo que ellos denominan“La catedral”, un complejo intelectual, mediático, académico y gubernamental que mantiene la ideología del igualitarismo, el universalismo y el progresismo que, a su vez, sostiene a la democracia corrupta. Con el “neocameralismo” los clientes elegirían un CEO para su país y lo despedirían cuando no funcionase. En este mundo posible “ya no sería necesario que los residentes (clientes) se interesen en absoluto por la política. De hecho, hacerlo sería exhibir tendencias semicriminales”.
El autor ubica como antecedentes del neocameralismo “el absolutismo ilustrado del siglo XVIII representada por Federico el Grande y la tradición no democrática del siglo XXI, atisbada en fragmentos perdidos del Imperio Británico como Hong Kong, Singapur y Dubai”. De estos últimos dice “suelen ser bastante prósperos, solo son débiles en cuanto a libertad política, y la libertad política no es importante por definición cuando el gobierno es estable y eficaz”.
Se plantea así una concepción de mundo y de vida darwinista y reducida a una animalidad que inquieta. El Estado no garantiza derechos y lo ciudadanos son clientes. La democracia es un estorbo y desaparece el sentimiento de comunidad y aún el de Nación.
Es un mundo muy oscuro el que propone esta ilustración oscura y sin una propuesta de mejora a futuro sino de regresión al medioevo -por supuesto con herramientas actuales como las redes y la inteligencia artificial-, bajo el nombre de “neorreacción”.
Fenómeno interesante para estudiar porque expone otra idea de hombre y otra escala de valores, otra antropología y otra axiología al tiempo que propone un mundo distópico e inquietante.
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