lunes, 11 de octubre de 2021

EL JUEGO DEL CALAMAR, LA SOCIEDAD EXCLUYENTE


La serie es surcoreana y un buen motivo para reflexionar muy brevemente sobre la exclusión social, contracara de un tema que por lo general me ocupa: la inclusión social.

Corea del Sur está entre los 10 países económicamente más poderosos del  mundo, aunque sus habitantes  tiene un nivel de endeudamiento tan alto  que supera al propio PBI del país y ha llevado al Estado a tener que idear en 2017 un plan económico para auxiliar a las familias más perjudicadas. Las diferencias sociales son enormes y el 20% de los que perciben mayores ingresos acumula un patrimonio 166 veces superior ak del 20% de los que menos ganan. Su deuda externa es de  620.000 millones de dólares lo que equivale al 42% de su PBI.

En la serie El juego del calamar se presentan las consecuencias de un capitalismo feroz como el de ese país. El mismo leitmotiv tuvo Parasite, el premiado film, también surcoreano.

En la serie hay participantes y juegos con reglas claras, simples y de consecuencias directas e inmediatas para los perdedores y una fabulosa fortuna para los ganadores. Una metáfora de un capitalismo salvaje con enormes asimetrías sociales, que deshumaniza al sujeto hasta llevarlo a su expresión más primitiva y animal, aquella de la que Freud nos advirtiera en El malestar en la cultura cuando expresaba:


“…el ser humano no es un ser manso, amable, a lo sumo capaz de defenderse si lo atacan, sino que es lícito atribuir a su dotación pulsional una buena cuota de agresividad. En consecuencia el prójimo no es solamente un posible auxiliar y objeto sexual, sino una tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin su consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, infligirle dolores, martirizarlo y asesinarlo”


El ser humano queda, tanto en la serie como en la expresión más brutal del capitalismo, reducido a ser una máquina de supervivencia, un ser despojado de una dignidad  a la que debe renunciar para conservar su vida. Usina de sujetos deprimidos y proclives al suicidio, tanto que Corea del Sur  es el 1° país en índice de suicidios entre los de la OCDE y el 6° a nivel mundial. Se gesta así ese sujeto del que habla Byung-Chul Han -filósofo también surcoreano-, un sujeto que ya no necesita ser esclavizado ya que es él mismo su propio amo y esclavo con el imperativo de triunfar o morir en el intento, independientemente de las condiciones de un entorno. Estado de cosas en un todo favorable a un sistema que no se ocupa de lo humano ni de lo social, ni de lo ecológico, ni de nada del entorno sino solo de la generación de riquezas -concentradas en cada vez menos manos- aunque eso lleve a la destrucción de la naturaleza, como da testimonio el efecto invernadero.

La serie es una metáfora cruel de lo que el Papa Francisco denomina "sociedad del descarte". La única ley que existe es tan simple como la de un juego infantil: sobrevive el más fuerte. Pero la deshumanización no alcanza solo a los más débiles sino también a los más fuertes que en virtud de su poder gozan de un placer sádico e ilimitado.

Si la cultura y la civilización son el atemperamiento de lo pulsional, el capitalismo más feroz -que en última instancia se torna anarcocapitalismo representado por estos días y por estos lugares por un desbordado Javier Milei- ,es la liberación de lo pulsional  con sus nefastas consecuencias. Este sistema opera entonces en contra de lo civilizatorio y por eso guarda en su seno el germen de su propia destrucción. 

El juego del calamar es ese juego en que puede transformarse la dinámica capitalista si es dejada librada a sí misma y a su intrínseca pulsión mortífera, sin intervención de las políticas de los Estados que la limiten. Juego adictivo jugado por poderosos y cuyo premio es el mundo entero;  juego manejado por poderes deshumanizados y deshumanizantes que, de seguir así,  solo puede tener un único y fatal resultado: todos perdemos todo.


Silvio Rivero




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